El ocaso del PAC. (II versión)

Nacido en los primeros días del mes de diciembre del 2000 bajo el liderazgo de notables disidentes de otras fuerzas políticas, ailment
académicos y ciudadanos en general, vino al mundo el Partido Acción Ciudadana (PAC).

Encontró su génesis en el hastío con la forma tradicional de hacer política en nuestro país, proclamó honradez, transparencia, compromiso, así como una larga serie de principios loables, los que luego guardaría en un cajón junto con el recuerdo de lo que pudo haber sido pero no fue: una nueva alternativa de gobierno.

Muchas fueron las expectativas puestas en este fruto divino. Carente de todo pecado pero integrado por pecadores, encontró en la figura de un pecador más, como Ottón Solís, el líder que emergía bajo el destello resplandeciente de un nuevo amanecer en la realidad política nacional.

Inició con el pie derecho, logrando en su primera contienda electoral aglomerar a toda una masa amorfa descontenta con el bipartidismo tradicional por las más variadas razones.

Eso le generó el 26% de los votos en el 2002, logrando consolidarse de la noche a la mañana como la tercera fuerza política de importancia.

Sorpresivamente, como fue su crecimiento, las dulces mieles del éxito poco le durarían, pues pronto vendría su primer y máximo revés: la creación de su enigmático y controversial código de ética.

Las exigencias generaron diferencias en su interpretación, lo que causó la renuncia de 6 de los 14 diputados obtenidos por este partido en el periodo 2002-2006, situación que los motivó a tomar las precauciones del caso para que esta situación no sucediera de nuevo, así que reforzaron sus controles y al mejor estilo de la escuela de la “ñiña pochita”, crearon una escuela dogmática para que aquellos militantes interesados en aspirar a un cargo de representación popular en la próxima administración, luego no se les salieran del canasto.

Para sorpresa de muchos el PAC logró sobreponerse ante el éxodo masivo de sus diputados durante la administración Pacheco, y en las elecciones presidenciales del 2006 alcanzaría convertirse en la segunda fuerza política quizás gracias a los escándalos de corrupción destapados en 2004, quizás por el efecto adverso que generaba una nueva candidatura de Oscar Arias.

Acaso por muchas otras cosas más. La cuestión es que el PAC consiguió convertirse en la más grande oposición, no sólo al gobierno de turno sino, al desarrollo mismo del país.

Con el paso del tiempo el PAC fue sumando revés tras revés, hasta hacer de ellos una constante y su máximo compañero. No tardó mucho tiempo y le sobrevinieron los escándalos de la diputada Nidia González, la controvertida renuncia de la diputada Sadie Bravo por aparentes problemas personales, el escándalo con la obtención de tierras del IDA por Ottón Solís, la historia del carretillo, la desobediencia juvenil de la diputada Andrea Morales a la sagrada escritura rojiamarilla, y la intromisión chavista en el TLC confesada por algunos de sus miembros.

A la lista de pecados capitales, maquillados por el caudillista Ottón Solís, se sumó la trampa de una alianza parlamentaria enarbolada por Luis Fishman y, recientemente, las divisiones tras la muerte de ella, originadas desde la tramitación de la reforma fiscal y que podría culminar con nuevos casos de transfuguismo en el seno de la agrupación.

Ha quedado claro, así, que lo que un día fue una resplandeciente luz de esperanza en la política nacional ha sido eclipsada por la lúgubre actuación de sus diputados.

La intolerancia predicada por Ottón Solís, su doble discurso, su irrespeto a la voluntad del pueblo, entre muchas otras cosas más, llevaron al PAC de hoy ante una enorme disyuntiva: morir defendiendo los ideales con los que el partido fue creado, o convertirse en un partido igual a los que tanto critica.

El PAC es un partido fracturado ante su más grande reto en  12 años de historia: sobrevivir a sí mismo.

Nota: Artículo reeditado, originalmente publicado el 12 de junio de 2008.

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