Cuando sólo nos queda rezar

Con el pasar del tiempo los costarricenses nos hemos ido acostumbrando a todo tipo desdichas, tan de moda en nuestros noticiarios y medios de prensa, al punto que la costumbre nos ha permitido ir asimilando las desdichas como algo normal en nuestras vidas. La costumbre y el afán de querer encontrarle a este tipo de hechos una vaga justificación, están ejerciendo sobre nosotros un efecto adormecedor, que se pone de manifiesto en nuestras inexpertas conjeturas, entre las que se encuentran que este tipo de acontecimientos solo le ocurren a una determinada clase social de nuestro país, ya sea la más adinerada o necesitada; o alguna otra excusa que nos permita dormir tranquilos tan solo una noche más.

Los costarricenses cada nuevo amanecer nos estamos enfrentando a una nueva búsqueda de justificaciones en lugar de soluciones, que de una u otra manera nos reconforten aunque sea en su más mínimo, y es que las justificaciones son las que nos están permitiendo soportar la crisis de seguridad ciudadana a la que se está enfrentando nuestro país, brindándonos un efecto terapéutico, que consiste en crearnos una ingenua, pero exquisita seguridad, de que eso nunca nos va a pasar a nosotros, hasta que nos pasa. Y así efectivamente lo creía yo hasta ayer, cuando a eso de las 7:15 pm cuatro infelices porque otra la palabra no les cabe, ingresaron a la casa de mi tía fuertemente armados, cubriendo sus rostros con pasamontañas y encañonaron a mis padres, dos tíos y tres primos, disparándole a mi tío en una de sus piernas.

A un lado quedaron los grandes muros, los sistema de cámaras, las costosas alarmas o el alambrado navaja, todo esto a la larga resulto prácticamente inútil, ya ni tan siquiera el factor que la casa se encontrara con gente en el momento del asalto, pudo limitar a los hampones, el poder que les otorgan sus armas fue superior a cualquiera de estas trabas, ya de lado ha ido quedando el mito de que sólo se meten a robar a la casa cuando dejamos la casa sola, ya hoy eso no representa más que un simple plus para los hampones.

Ya no importa que uno viva en Rohmoser, la Carpio o Cartago, la inseguridad ya no tiene fronteras ni mucho menos barreras, ni prácticamente un definido publico meta, la delincuencia deambula libre por las calles, mientras somos nosotros los que ingenuamente nos enceramos en verjas, murallas y cuanto sistema de seguridad salga al mercado, cuando todo debería ser al contrario. De por sí, ya ni esto esta funcionando, nada nos vuelve inmunes a la delincuencia, ni hemos encontrado una mejor solución para esta, que la justificación de la misma, simplemente nos queda más que rezar y pedir porque nuestras familias nunca tengan que vivir, lo que hoy no sólo mi familia es victima, sino cualquier cantidad de hogares costarricenses.

Solo Dios permitió que no mataran a uno de los miembros de mi familia, solo Dios nos ha dado la fortaleza de entrar a la casa y revivir uno a uno aquellos infames instantes, solo Dios sabe lo que siento mientras escribo esto y por lo que esta atravesando mi familia, lamentablemente por más que se hable del tema, nunca le daremos la atención necesaria, hasta que la tragedia misma, se haga presente en nuestras vidas.

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